Discurso de Zelmar Michelini en la celebración por la Independencia de Armenia en el Cine Ópera de la ciudad de Buenos Aires, 27 de mayo de 1973.
Puede ser importante que yo les transmita con la mayor sinceridad esta experiencia que ustedes están viviendo tal como la sentimos nosotros. Lejos del solar natal al que muchas generaciones quizás no conocieron, pero prácticamente tocados por un destino mágico que los lleva a emprender el retorno a la tierra de los mayores, suelen entregar sus mejores esfuerzos, tratando de cumplir con esas tradiciones.
Sienten la lucha que encabezan tocados por un destino al cual deben dar cumplimiento, abandonando muchas veces las tareas de la propia subsistencia para realizar aquello que les puede llevar a obtener el triunfo.
Pero por más convencidos que estén, por más esfuerzos que dediquen, los armenios solos no podrán llegar a su meta. Deben lograr transmitir al resto de la humanidad la convicción que en ellos anima. Deben hacer sentir a muchos otros pueblos que son partícipes de esa lucha a la cual están tratando de servir en las mejores tradiciones de su patria.
He aquí la experiencia que yo les quiero transmitir: nosotros en nuestra tierra también tenemos nuestros problemas. Los uruguayos, los argentinos, el resto del mundo que no tiene con los armenios más que un lazo de amistad, posee sus propias inquietudes y preocupaciones. Para que nosotros podamos dedicar nuestros esfuerzos en ayuda de los armenios, debemos sentir en ustedes esa convicción, esa seguridad de que la lucha a la cual se entregan es absolutamente justa y necesaria.
A 55 años de aquella declaración de libertad que no pudo hacerse efectiva más allá de las interpretaciones que pueden surgir con respecto a la actitud de las grandes naciones, dejando de lado las razones que los pueden haber animado a no dar cumplimiento a una resolución a la cual estaban comprometidos, lo que interesa hoy es lo que podemos hacer nosotros, que no somos armenios, por ustedes. Hay un poder especial de comunicación que logra arrastrar a los grandes pueblos.
De la misma manera que los caudillos al frente de las masas logran un movimiento de libertad, las naciones también al frente de su causa logran conmover al resto de la humanidad, y hacerle sentir que la causa individual por la que luchan es en última instancia la causa de toda la humanidad.
Los cientos de miles de armenios diseminados en todo el mundo, algunos de una generación que no conoció su madre patria, reconocen como un mandato histórico venido de la sangre de sus mayores la necesidad de volver a su tierra.
Rindo mi homenaje por sobre todo a los que hoy, sin haber vivido aquel 28 de mayo, cuando otras consignas podrían movilizarlos, sienten sin embargo el mandato de la sangre y levantándose a miles y miles de kilómetros de su tierra natal, logran la Armenia independiente y unida.
De aquí a unos cuantos años, cuando se concrete el cumplimiento del Tratado de Sevres, otra enseñanza y otra consecuencia histórica tendrá que apreciar la humanidad: de nada vale el derecho y las resoluciones de las convenciones internacionales, si el hombre no está dispuesto a jugarse y morir por ellas.
Armenia no solo lucha por sí misma, lucha por el cumplimiento de un derecho. Ese derecho existe desde el momento en que está dispuesto a dar la sangre y ofrecer la vida para que se pueda hacer efectivo.
Agradezco a Armenia, pues al luchar por su destino lucha por el destino de la humanidad.
