Hechos

El pasado 28 de abril, en coincidencia con el 110° aniversario del inicio del Genocidio Armenio, el diario El País publicó una columna de opinión titulada “Un pasado distante, un debate actual”, firmada por la Embajada de Turquía en Uruguay.

Una vez más, la misiva relativiza y niega el Genocidio Armenio cometido por el Imperio Otomano entre 1915 y 1923, y continuado y negado por la República de Turquía, insistiendo en presentar los hechos como un “debate histórico” sin resolución.

La columna además critica abiertamente la aprobación de la Ley N° 20.274 (que establece la obligatoriedad de una cadena nacional sobre el Genocidio Armenio) por parte de Parlamento de Uruguay y su promulgación por parte del presidente en mayo de 2024 , en una nueva e ilegítima intromisión de la Embajada de Turquía en los asuntos internos de Uruguay, violatoria de las convenciones internacionales.

En una perezosa reiteración de los argumentos publicados en una carta similar el 25 de abril de 2024, la Embajada de Turquía intenta sostener que no existen pruebas concretas de “la intención de destruir” ni “la sentencia de un tribunal competente” en el caso del Genocidio contra el pueblo armenio.

También insiste en que Turquía “está dispuesta, preparada y segura para dialogar sobre su pasado” y reitera su llamado a abordar “las controversias históricas en torno a los hechos de 1915 con respeto y basado en la investigación académica”.

Por último, pide “apoyar las voces dentro de la diáspora armenia que abogan por la reconciliación, ya que su participación es esencial para promover el entendimiento mutuo y la paz”.

Contexto y consideraciones

La Embajada de Turquía, representación diplomática de un país autocrático y con enormes limitaciones para la libertad de expresión de los opositores al actual gobierno (como lo demuestra la enorme cantidad de opositores y periodistas independientes presos), carece de autoridad moral para intentar dictar cátedra de democracia al Parlamento y gobierno de Uruguay. Resulta inaceptable que se cuestione una decisión soberana y ejemplar del país, que impulsó medidas concretas para la difusión y memoria a través de la programación educativa anual en medios uruguayos en torno al Genocidio Armenio. Su consideración como “una perspectiva unilateral” revela una profunda incomprensión —o una negación deliberada— de lo que significa educar en derechos humanos. No se trata de interpretar la historia con fines políticos, como insinúa la Embajada, sino de asumir una postura ética frente a un crimen reconocido por el derecho internacional.

La Embajada de Turquía se afana por presentar los crímenes cometidos a principios del siglo XX como un debate abierto, lo que es esencialmente falso. Ya fue demostrada la existencia en los archivos de los países aliados del Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial documentación abundante respecto a la intención de destruir a la población armenia y su resultado: más de 1.5 millones de personas fueron asesinadas en un proceso planificado de exterminio.

También es falso que este crimen no haya sido juzgado por ningún tribunal, ya que tras la derrota del Imperio Otomano en la guerra, un tribunal especial recolectó pruebas, juzgó y condenó en ausencia a los funcionarios otomanos y líderes del partido gobernante (Comité Unión y Progreso) por las atrocidades cometidas contra la población armenia. Mustafá Kemal, venerado hasta el día de hoy en Turquía, tras asumir el poder liberó a los criminales y les aseguró la impunidad de la que gozaron hasta su muerte. Resulta absurdo tener que recordar que el jurista Raphael Lemkin creó el concepto de genocidio que luego se utilizó en la Convención de 1948 -que cita cínicamente la Embajada- tomando como antecedentes directos el Genocidio Armenio y el Holocausto del pueblo judío.

Respecto a la invitación a un debate académico sobre la cuestión, vale la pena recordar que decenas de académicos e intelectuales turcos han sido condenados por el artículo 301 del Código Penal de Turquía que bajo la forma de “insulto a la nación turca” impide cualquier mención a la existencia del Genocidio Armenio, y que cada año son cancelados por el gobierno del presidente Erdogan conferencias universitarias sobre esta cuestión. Por otra parte, existe unanimidad de parte de la comunidad académica respecto a la existencia del Genocidio Armenio, como lo demuestran los pronunciamientos de la International Association of Genocide Scholars y otros de los principales referentes mundiales en la materia, incluyendo un número importante de académicos turcos.

La apelación a “apoyar las voces dentro de la diáspora armenia que abogan por la reconciliación” refleja la total falta de ética y el cinismo de la Embajada, que no solo se burla del dolor de las víctimas de 1915-23 sino también de las de este siglo. Para demostrarlo alcanza con recordar al más entusiasta armenio de la diáspora en lo que refiere a la recomposición de las relaciones entre los pueblos armenio y turco: Hrant Dink, referente de la comunidad armenia de Turquía y director del periódico bilingüe Agos de Estambul. Dink fue primero condenado por violar el artículo 301 del Código Penal al mencionar el Genocidio Armenio, luego le fue negada la custodia policial que solicitó tras las amenazas de muerte que recibió y finalmente fue asesinado a plena luz del día y con la complicidad de las fuerzas de seguridad de Turquía el 19 de enero de 2007. Su crimen es paradigmático de la forma en que Turquía “apoya” las voces que abogan por la reconciliación.

Repercusiones

La libertad de expresión es uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática, pero tiene límites claros cuando se trata de discursos de odio o la negación de crímenes de lesa humanidad. El negacionismo de cualquier genocidio no constituye una simple opinión, sino una estrategia sistemática para borrar la memoria histórica, manipular hechos comprobados y revictimizar a los descendientes de las víctimas. En este caso existe el agravante de que el autor se ampara en su inmunidad diplomática para importar a nuestro país el discurso de odio contra ciudadanos uruguayos de origen armenio.

No es la primera vez que El País brinda su espacio para difundir discursos negacionistas por parte de representantes oficiales de Turquía, especialmente en fechas sensibles como el 24 de abril. Esta práctica no sólo genera dolor para la comunidad armenia, sino que erosiona los principios fundamentales del periodismo responsable y ético.

Ante una columna similar, el 29 de mayo de 2024, integrantes del Consejo Causa Armenia mantuvieron una reunión con el director del diario El País para trasladar el contexto de este tipo de “columnas” y la intención deliberada de atacar a la colectividad armenia local mediante esta práctica por parte de la Embajada de Turquía. En la reunión, el director reconoció que no publicaría una carta de un Embajador que negara la existencia del Holocausto judío, por lo que apelando a la responsabilidad editorial del diario se le solicitó que adoptara exactamente el mismo criterio para el caso de la negación del Genocidio Armenio.

Sin embargo, este año, ante un nuevo episodio de negacionismo publicado, el mensaje enviado por nuestra institución no obtuvo respuesta alguna. Este silencio no solo resulta decepcionante, sino que también sugiere una falta de compromiso con los principios básicos del periodismo ético y con el diálogo respetuoso que debería sostenerse entre los medios y la sociedad civil.

El negacionismo del Genocidio Armenio no es una postura neutra ni inocua: es parte activa de una política exterior turca que busca impedir el reconocimiento y la reparación histórica. En ese sentido, permitir que esa narrativa tenga lugar en medios de comunicación de trayectoria como El País, especialmente en fechas sensibles, es un acto que contribuye a la banalización de la memoria.

La negación de un genocidio es una forma de violencia simbólica y política, que debe ser identificada, rechazada y combatida por todas las instituciones comprometidas con los derechos humanos.

El Genocidio Armenio no es un tema debatible ni un pasado distante: es una herida aún abierta, cuya negación solo profundiza el dolor y perpetúa la impunidad.